Mensajes en botellas

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Tal vez éste sea como aquellos mensajes encerrados en botellas que se lanzan al mar, siempre con un poco de esperanza de que, en algún momento, en algún lugar, llegue a la persona en la que piensas cuando la botella vuela de tus manos a un sitio tan incontrolable y tan indomable como el mar, que da miedo cuando el cielo se vuelve oscuro, cuando el olor de la tormenta agita cada una de las partes de tu mente, cuando el viento sopla contra tu cara y el pelo se agita frenéticamente. Tal vez este mensaje sea el que cambie mi vida por completo, o el que acabe en el fondo del mar, como las llaves de la puerta que sigue abierta y que no hay manera de cerrar.

Todavía no nos conocemos, pero espero que puedas encontrarme allí donde la última luz de mi corazón brilla, donde mi cuerpo descansa en el frío de una noche larga y oscura. Allí donde mi alma llora sin derramar lágrima y donde el silencio reina. Allí donde mis alas golpean todos y cada uno de los barrotes de esta cárcel invisible, donde no hay carcelero ni demás presos, donde la única llave es de carne y hueso. Por favor, sálvame. Te juro que hubo una vez que brillaba junto al sol de un amanecer.”

El mensaje salió de mis manos como si hubiese estado agarrando una vara de hierro candente. Pasaron días, que se convirtieron en semanas, que a su vez en meses… hasta que perdí la cuenta del tiempo. Ya no esperaba nada y fue entonces cuando en la orilla de la playa apareció una botella. Mi botella. Corrí hacia ella, para ver si había alguna respuesta.

El sello estaba roto, pero no había respuesta alguna. Entonces lo entendí todo. Reí con todas mis fuerzas y, pronto, cada una de las lágrimas que no había derramado durante todo este letargo fueron resbalando por mis mejillas. Entendí que el encarcelado y carcelero era la misma persona. Me di cuenta de que no era la primera vez que lanzaba y recogía aquel mensaje, de que fui quien rompió el sello, solo que no era yo. Cogí de nuevo el papel y escribí las dos palabras que me había estado negando. Lancé la botella al mar y esta vez nunca volvió.

En algún momento, en algún lugar, alguien encontró esa botella. Sacó el mensaje y sonrío:

“Eres libre”

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Viaje

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Posiblemente lo primero que se nos venga a la cabeza sea aquel lugar al que queremos ir con todas nuestras ganas, aquel por el que nos hemos pasado ahorrando durante tanto tiempo, por el que nos hemos pasado horas y horas planificando cada detalle para que todo salga perfecto. El avión (introduzca aquí cualquier medio de transporte), que vamos a coger, las horas que vamos a tardar en llegar.

Sin embargo, yo quiero hablar de otro tipo de viajes, aquellos de los que a simple vista no nos damos cuenta. Estos viajes se desarrollan en el tiempo, precisamente en el tiempo en el que planificamos cada segundo de nuestras vidas, como si tuviéramos el control de cada momento y cada instante. Estaría bien, pero la realidad no es así, al menos mi realidad. Nunca sabemos en qué momento nos va a suceder algo que no esperamos y que podría cambiarlo todo, o absolutamente nada, pero es algo que no podemos dominar. No hablo de caminos predestinados, ni de destinos insondables, pues si bien no tenemos el control de lo que nos sucede, si podemos tomar las decisiones que nos lleven a encontrar los momentos que no esperamos.

Así pues, este viaje que sucede en el tiempo son todas aquellas decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida. Puede parecer una tontería, pero hasta la más simple de nuestras decisiones tiene una repercusión, que puede ir desde una simple resaca por salir de fiesta, como conocer a alguien que te cambie la vida en esa misma noche. Cada vez me doy más cuenta de lo poco que sabemos y de lo mucho que creemos saber. Quizá sea por esa maldita costumbre del ser humano de querer entenderlo todo, de querer (como he dicho anteriormente) controlarlo todo. Esta costumbre que nos impide disfrutar de algo que se va con cada espera y con cada duda: el tiempo. Quizá nos iría mejor si actuáramos menos con la cabeza y más con el corazón.

No se trata de nada más de un viaje continuo del que tenemos total libertad para ser quien queramos ser, para tomar la decisión que queramos tomar, o no tomarla (que viene a ser lo mismo). No te pares y trates de entenderlo todo (tampoco nos pasemos), pues por mucho que nos pese la vida no está para entenderla, sino para disfrutarla. Y esto, no es más que otra decisión, otra ruta en el camino. Te puedes pasar la vida esperando o disfrutarla viviéndola.

Por supuesto, hay malas rachas, tanto como hay retrasos en los aeropuertos, o lluvias a pie de playa. Son fruto de unas decisiones que fueron malas o buenas, o bien de imprevistos, pero de los que aprendes y avanzas, o reniegas de ellas y te quedas en el camino.

Es un viaje en el que a veces lo que importa es lo que nos espera al final del camino, otras veces importa lo que había al principio, y en muchas otras lo que importa es lo que podemos encontrar en el propio camino en sí. En cualquier caso, siempre hay camino por recorrer para llegar a ese final, nunca será demasiado tarde para volver marcha atrás o siempre habrá una excusa para caminar un poco más.

Podría concluir diciendo, precisamente que lo que nos define es este viaje, las decisiones que tomamos. Como ya dijo J.K.Rowling, “ es la calidad de nuestras convicciones las que determina el éxito”.

De magia y renacer.

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Abres los ojos y no ves nada. Notas agua bajo tus pies, que va subiendo poco a poco. Te llega a las rodillas y notas el frío. Cierras los ojos. El agua sigue subiendo y crees que no puedes hacer nada, que te vas a ahogar.

Abres los ojos. Una figura luminosa se ve en la lejanía. Se acerca y el agua deja de subir. El frío se apaga a medida que la figura avanza. Se sitúa frente a ti y el corazón te empieza a latir intensamente, ya no sientes el agua. Estiras la mano y tocas la luz.

Cierras los ojos, pero no hay oscuridad, solo un fondo blanco y nosotros. Ves tu mano entrelazada con la mía, tus ojos color café mirándome a los míos. Te miro, sonriendo, como en todos aquellos buenos momentos. Te cojo de la cintura y tú pones una mano en mi hombro. Magia, y la música empieza a sonar de ninguna parte, adquiriendo todo un tono amarillo. Bailamos de forma suave, sin intentar pisarnos, nunca hemos sido buenos bailando. Nuestros ojos no se separan, como si estuviéramos hechizándonos, maldiciéndonos. Queriéndonos. Nuestros labios, sonrientes, no se mueven y son nuestros corazones los que laten, hablando por nosotros, como si de morse se tratase. La canción se acaba y nos separamos. No quieres abrir los ojos. Piensas:

¿Todo está en mi mente?

El escenario cambia. Las olas golpean los acantilados donde estuvimos juntos por primera vez. El aire cambia. Miramos los dos al horizonte, hacia la calma del mar, hacia la furia de la tormenta que se aproxima. Mi mano busca la tuya. Su roce, esta vez frío, me quema y siento la necesidad de soltarla, pero no lo hago. Nunca lo hago. Lágrimas recorren nuestras mejillas y la lluvia empieza a caer, tratando de ocultarlas. Sabes la respuesta. Para bailar mejor, tal vez debimos habernos pisado.

Son las doce, repican las campanas de una iglesia abandonada. El hechizo ya se acaba. Abres los ojos. Vuelta a la oscuridad, pero ya no hay agua. Ni sientes que te ahogas. A lo lejos hay una puerta y solo una pregunta:

¿Qué viene ahora?

Y ahora yo, desde lo lejos, te veo tomando esa puerta. La oscuridad se cierne sobre mí, sabiendo que la mía es otra. La casualidad y la magia del tiempo dirán si el destino es el mismo. Hasta pronto y, tal vez, hasta siempre, pequeña.

Petricor

Petricor

Toma aire, frena, siente.

La lluvia cae, el tiempo pasa. Han sido tantos días…

Cierra los ojos, levanta la mirada.

Deja que caigan las gotas, como lágrimas,

deja que te acaricien.

 

Inhala.

 

Siente el olor, disfrútalo.

La esencia de los dioses

Golpeando sobre el suelo seco.

Deja que te golpee el viento, vuela con él.

Toma aire, frena, siente.

 

Ahora, sana